Thursday, January 21, 2010

¿Hay?tí? Entre el dolor y la náusea:


Escrito por: Koldo

Para una tragedia de las dimensiones que vive Haití no hay peor compañía que padecer, además, la repugnante hipocresía de unos medios de comunicación encubriendo, so pretexto de una mezquina y emponzoñada solidaridad, su ocupación militar por los Estados Unidos.

En cualquier caso, tragedia y náusea vienen de lejos. Vienen desde que Haití creyó que la revolución francesa también debía celebrarse en sus colonias y optó por convertirse en la primera república del mundo en abolir la esclavitud. No perdió tiempo Francia en aplicar a la temprana afección haitiana sus mejores remedios sanitarios.

Por si no bastara con la peste del azúcar y la guerra, Haití, superadas sus dolencias, debió indemnizar a Francia con 150 millones de francos por no haber sabido apreciar la civilizadora gesta europea.

A todo renunció Haití, desamparada y sola, para saldar durante más de un siglo su millonaria deuda e intereses. Ya el presidente estadounidense Thomas Jefferson había advertido entonces la necesidad de “confinar la peste en esa isla” no fuera a ocurrir que otras patrias latinoamericanas siguieran su pernicioso ejemplo. Para que no ocurriera, en 1915 Estados Unidos invadió la isla. Como señalara entonces Robert Lansing, su secretario de Estado, “la raza negra tiene una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización” y para corregirla, los Estados Unidos desmantelaron el Banco Central haitiano convirtiéndolo en una sucursal del Citibank de Nueva York, y administraron el país, especialmente sus cuentas y recursos, durante casi veinte años.

Cuando se retiraron, nombraron como gerente de su empresa a Francoise Duvalier (Papa Doc), un quirúrgico de su entera confianza al frente de una Guardia Nacional semejante a las que, de su mano, también arroparon a Somoza en Nicaragua y a Trujillo en la República Dominicana.

A Papa Doc le sucedió su hijo, Jean Claude Duvalier, y si canalla el padre, canalla el hijo.

Como escribiera César Vallejo, “el cadáver ¡Ay! siguió muriendo”. Cada vez eran más fuertes los achaques del enfermo y pasaron a atenderlo otros canallas, Leslie Manigat, Henry Namphy, Prosper Avril… “pero el cadáver ¡Ay! siguió muriendo”, y así fue hasta que en 1991, ¡Ay!tí, enferma de severa dignidad, indispuesta de razón y derecho, puso término al buen nombre que se le suponía y volvió a las andadas que la vieran nacer. Creía que era libre y soberana.

El mundo se movilizó de inmediato ante la grave recaída del enfermo y los Estados Unidos voltearon a Aristide a los pocos meses de haberse propuesto, con el respaldo masivo de su pueblo, resucitar de nuevo. Un diestro galeno, Raoul Cedrás, se haría cargo del bisturí.

Años después, cuando ya la terapia había surtido efecto en Aristide, como se lo llevaron del poder lo devolvieron, rehabilitados país y presidente. Y hasta se permitieron en Haití nuevas elecciones para poder disponer de un certificado de salud homologado por la llamada “comunidad internacional”, “pero el cadáver ¡Ay! siguió muriendo”.

Otro terremoto más, castigo divino aseguran algunos, vuelve hoy a sacudir ¡Ay!Tí, y el Hospital General del Mundo ha decidido operar al paciente. El equipo médico habitual, compuesto por los tres más prestigiosos cirujanos del presente y del pasado, Bill Clinton, George W.Bush y el propio Obama, van a hacerse cargo del cadáver.

Hay agonías que sólo llevan a las estrellas. ¿Será una más Haití?

¿Hay?tí

(Bibliografía: Eduardo Galeano)

Antes del terremoto:


Si los nazis hubieran ganado la Segunda Guerra Mundial, a Haití no podría haberle ido peor de lo que le ha ido. Haití refleja, como pocos lugares en el mundo, la hipocresía de Estados Unidos y del denominado mundo libre cuando se jactan de su compromiso con la democracia. Haití hace pensar que, si en Estados Unidos hay democracia, es porque no hay embajada de Estados Unidos.

En diciembre de 1990, pareció cumplirse el más hermoso sueño democrático de los haitianos cuando Jean Bertrand Aristide arrasó en las primeras elecciones libres de la historia del país, al obtener el 67% de los votos. Después de años de dictaduras brutales, que se habían cobrado miles de vidas, el primer gobierno democrático se encontró con una economía “en un estado de desintegración sin precedentes”, según el Banco Interamericano de Desarrollo. De 1980 a 1991, el PIB por habitante había caído un 2% cada año.

El mejor gobierno de la historia de Haití duró sólo siete meses. El PIB creció 4.9%, aumentaron los ingresos gubernamentales debido a las mejoras en el cobro de impuestos y a la campaña contra la corrupción y, asimismo, varias empresas públicas dejaron de ocasionar pérdidas y dieron beneficios. Más importante aún: si en el gobierno previo la violencia se cobraba veinte vidas al mes, la cifra se redujo a ocho con Aristide. Un documento de la Embajada de Estados Unidos en Haití, dirigido al Departamento de Estado, daría cuenta de “los esfuerzos sorprendentemente exitosos del gobierno de Aristide”.

El gobierno democrático se propuso subir el salario mínimo diario a cuatro dólares. Sin embargo, la Agencia para el Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID) se opuso alegando que el futuro del país peligraba porque los nuevos salarios reducirían “la competitividad general de Haití”. USAID consideraba que los salarios debían fijarse “en relación a la productividad y no a preocupaciones sociales –los programas de bienestar debieran estar completamente fuera del sistema de salarios para no distorsionar los costes laborales al alza”. En septiembre de 1991, un golpe de estado acabaría con las mejoras salariales y con la democracia.

Washington apoyó el golpe y garantizó su viabilidad porque no podía aceptar el éxito del gobierno de Aristide. Si el país más pobre de América demostraba que era capaz de mejorar las condiciones de vida de su gente, precisamente por no seguir las indicaciones económicas de Washington, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), entonces la gente de los países vecinos podrían aplicar las mismas recetas. Y, aunque Haití era irrelevante para la economía mundial, lo que no iba a ser irrelevante era el efecto contagioso del éxito de su política económica heterodoxa.

Aristide se opuso a basar la competitividad del país en los bajos salarios, las vacaciones fiscales vitalicias para los adinerados y en la reducción del exiguo sector público. Rechazó las privatizaciones y la instrumentalización de la economía nacional por las potencias extranjeras. Y, ante tal rebeldía democrática, se le impuso la dictadura económica que Washington, el FMI y el BM prescriben para los estados del tercer mundo.

Después del golpe, los militares y sus cómplices asesinaron a 5.000 personas en tres años e hicieron caer el PIB un 30%. El propio Warren Christopher, secretario de Estado de Clinton, reconoció que la CIA financiaba a Emmanuel Constant, el líder de la organización paramilitar encargada de sembrar el terror. Así que, tras tres años de terror y devastación económica, Clinton colocó a Aristide ante dos opciones: o más terror militar y paramilitar, o volver a la presidencia para aplicar una política económica opuesta a la de sus primeros meses de gobierno. Aristide prefirió lo segundo.

Washington invadió Haití y puso a Aristide a privatizar empresas públicas, reducir empleo público y eliminar aranceles. Human Rights Watch documentó que, tras la disolución del ejército, Washington se negó a excluir a los violadores de los derechos humanos de la nueva policía haitiana. Metieron a tantos delincuentes en la policía que, en ocasiones, el ejército estadounidense tuvo que ayudarlos a instalarse en las comisarías, a causa de la indignación popular cuando reconocieron a viejos represores con nuevos uniformes.

En 2000, Aristide volvió a ganar las elecciones y, cuatro años después, un nuevo golpe militar lo sacó del poder. Fue obligado a abandonar el país y todavía hoy vive en el exilio. La comunidad internacional miró para otro lado cuando, con posterioridad, se celebraron nuevas elecciones excluyendo al candidato que las ganaría porque se negaba a ser un títere de Washington.

En suma, Haití fue condenada a vivir en la miseria extrema, a padecer el caos de la inseguridad planificada y la crueldad de una política económica dictada por la injerencia externa. Si Washington no hubiera liquidado la experiencia democrática de 1991, hoy habría acumulado veinte años de progreso real, de desarrollo de infraestructuras sociales y de inclusión de sus ciudadanos. El terremoto de enero de 2010 habría sido igual de terrible, pero, al haber afectado a una sociedad organizada, se habrían salvado decenas de miles de vidas que ahora se perderán. Y, por último, con respecto al ex presidente Clinton, en lugar de habérsele juzgado por la barbarie que impuso, fue nombrado enviado especial de Naciones Unidas para Haití, en 2009. Se trata de un buen ejemplo de la distancia que media entre la situación actual y cualquier cosa que merezca el nombre de civilización.

Los pecados de Haití:

Brecha

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.

Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado... de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene "una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización". Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: "Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses".

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: "El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro".

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: "Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas". Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro "puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras".

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

“Un Acuerdo Secreto Préval-Obama” cedería el control de Haití a Estados Unidos:

Patria Grande

El control “de hecho” del aeropuerto de Puerto Príncipe, el Palacio de Gobierno, el Parlamento y demás instalaciones estratégicas de la capital Puerto Príncipe, indican que el Presidente de Haití, René Préval, habría llegado (algunos dicen, incluso, firmado) un acuerdo secreto (paralelo a un memorando de entendimiento) que entrega el control del gobierno haitiano a los Estados Unidos.

Hillary Clinton, primer alto cargo estadounidense que viajó al devastado país, llegó a Puerto Príncipe a primera hora de la tarde del pasado 16 de enero en un avión de carga de la Guardia Costera de EEUU repleto de suministros como agua, jabón, comida y papel higiénico, e inmediatamente se entrevistó con el presidente Préval. La secretaria de Estado viajó acompañada del director de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), Rajiv Shah.

Bajo un "memorando de entendimiento" suscrito entre ambos países, la Fuerza Aérea de Estados Unidos comenzó a controlar el tráfico en el aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, un recinto que Hillary Clinton no abandonó en ningún momento, sensible a las sugerencias de que su presencia en Haití podía crear malestar en la población, lo que perjudicaría directamente las operaciones de rescate.

Préval teme su propio derrumbe. La situación de ingobernabilidad es evidente. El palacio del gobierno quedó destruído, al igual que la sede del legislativo. Varios diputados se encuentran desaparecidos. De éste clima de zozobra se agarra EEUU para tomar el control del un país en ruinas.

Hillary Clinton, durante su visita subrayó las dificultades que entraña la situación en Haití, donde el Gobierno no funciona y donde se empiezan a tener preocupantes noticias sobre crecientes casos de violencia y problemas de seguridad.

La población abandonada

El mundo entero se ha solidarizado con Haití. Bien sea movidos por la caridad burguesa o por la solidaridad proletaria, la tragedia fue de tal magnitud que tocó el corazón de los habitantes del planeta. No obstante, la ayuda no ha llegado al pueblo de Haití.

El aereopuerto, en manos de EEUU, ha generado un sistema de control y acaparamiento de los alimentos, el agua y toda la ayuda humanitaria que arriba a la isla.

Fuentes que prefieren el anonimato son testigos que un pequeñísimo porcentaje de la ayuda internacional llega a Haití. Muchas veces, los aviones ni siquiera pueden aterrizar en el aereopuerto de Puerto Príncipe porque EEUU no da permiso de aterrizaje, o si lo da, lo otorga cuando las condiciones de vuelo son adversas (horario nocturno, por ejemplo, recordemos que no hay luz electrica).

Personal de socorro de Venezuela han tenido que defender con sus propias manos los productos enviados por el gobierno bolivariano, para garantizar que la ayuda del pueblo de Venezuela alimente y calme la sed de sus hermanos caribeños.

La tragedia de Haití y del Tercer Mundo más allá de los fenómenos naturales:




Una vez más un desastre natural se ha cebado con uno de los países más pobres del planeta, y, como consecuencia del mismo, también una vez más asistimos a la hipocresía y cinismo de los países que, por su imperialista actuación permanente en buena parte del mundo –incluido en Haití-, tienen responsabilidad infinita en la calamitosa situación de gran parte de los pobladores de nuestra maltrecha Tierra.

Haití es el país más pobre de América, lo que no es ninguna bobería, y, según el listado del índice de Desarrollo Humano de la ONU, ocupa el puesto 155 de entre 177 países valorados.

Mucho se habla estos días de la “ayuda humanitaria” ofrecida por los gobiernos del Primer Mundo, como si el Tercer Mundo no fuera precisamente la nefasta consecuencia de la lujosa existencia del primero. Los actuales pobladores primermundistas –los gobernantes y sus gobernados- deberían ser menos soberbios, más humildes y comedidos. No se vayan a pensar que el nivel de vida que hoy en día poseen en sus respectivos “edenes” se debe a que son más inteligentes que los habitantes de los países subdesarrollados. A estas alturas no es conveniente ni saludable confundir la inteligencia con la rapiña.

Sería bueno recordar que, fundamentalmente, las balanzas se desequilibran porque se quita de un lado para ponerlo en el otro. Y para llevar a cabo tan despiadado y egoísta proceso, más que la inteligencia, lo que históricamente siempre se ha utilizado ha sido la fuerza. Citaré un solo ejemplo de los muchísimos que existen: Los 16 millones de kilos de plata que en poco más de siglo y medio fueron extraídos del Cerro Rico de Potosí –en la actual Bolivia- y llevados a España, consolidaron el capitalismo europeo y aniquilaron a ocho millones de explotados indígenas. Hipotecada como estaba la Corona, buena parte de esa plata, así como de los 185.000 kilos de oro que entre 1503 y 1660 igualmente llegaron al puerto de Sevilla, pasaron rápidamente a manos de los acreedores del reino. De esta manera la prosperidad de Madrid, Londres, Alemania, Suiza, Amsterdam, París… se vio grandemente beneficiada.

Hoy, en mayor o menor medida y sin necesidad de mantener a sus colonias tradicionales, los países ricos siguen saqueando a los países empobrecidos, y además lo hacen de manera más eficaz para la consecución de sus perversos intereses.

En una de sus innumerables denuncias, el compañero Fidel se expresó de esta ilustrativa manera: “Los países desarrollados y sus sociedades de consumo, responsables en la actualidad de la destrucción acelerada y casi indetenible del medio ambiente, han sido los grandes beneficiados de la conquista y la colonización, de la esclavización, la explotación despiadada y el exterminio de cientos de millones de hijos de los pueblos que hoy constituyen el Tercer Mundo, del orden económico impuesto a la humanidad tras dos monstruosas y destructivas guerras por el reparto del mundo y sus mercados, de los privilegios concedidos a Estados Unidos y sus aliados en Bretton Woods, del FMI y las instituciones financieras internacionales creadas exclusivamente por ellos y para ellos.

Ese mundo rico y derrochador posee los recursos técnicos y financieros para saldar su deuda con la humanidad...”

Pero no lo hacen. Ni siquiera son capaces de cumplir con el mísero 0,7% del Producto Interno Bruto prometido como ayuda al desarrollo de los países pobres. No tengo a mano datos más recientes, pero, casi con total seguridad, los actuales no deben de andar muy lejos de los de hace cuatro años. En 2006 sólo cinco países abonaron el citado 0,7%: Suecia -0,92-; Luxemburgo -0,87-; Noruega -0,83-; Holanda -0,82- y Dinamarca -0,81-; aportaciones insuficientes, sin embargo, puesto que desde el lejanísimo1972 –año en que los gobiernos primermundistas adquirieron el compromiso de entregar el 0,7% de sus PIB- a esta parte, la brecha económica entre los países ricos y pobres ha ido en rápido aumento.

A los países pobres, lejos de devolverles de alguna manera lo que les pertenece, se les exige descaradamente el pago de la deuda externa -contraída de manera inconstitucional o ilegal la mayoría de las veces- por parte de los países enriquecidos a su costa. Estos despiadados cobros se pagan a base de reducir gastos en la educación, la salud, en el desarrollo económico… y es, en parte, la causa de que, para vergüenza de la humanidad, el hambre afecte a tantas personas en todo el mundo.

Con esta nefasta certeza, quizá habría que tener más en cuenta las palabras de Luis Britto García cuando dice que “todo deudor puede sobrevivir al colapso de un organismo financiero; ningún organismo financiero sobrevive al incumplimiento de todos sus deudores. La deuda debe ser manejada como instrumento de poder”.

Ofrecer una migaja al hambriento cuando se tiene infinidad de panes, no creo, sinceramente, que sea un gesto digno de admiración; y mucho menos todavía si tenemos en cuenta que esos panes fueron conseguidos usurpando el agua, la harina, y la levadura al famélico e indefenso despojado.

“Cuando repartimos lo nuestro con los que padecen necesidad –escribió Gregorio Magno en el siglo VI-, no les damos lo que nos pertenece, sino lo que les pertenece. No es una acción compasiva, sino el pago de una deuda”.

Solidaridad es ofrecer –y dar- sobre todo cuando se tiene que hacer un verdadero esfuerzo para ello. Y de eso, justo es el reconocerlo, Cuba sabe bastante.

Los gobernantes primermundistas se esfuerzan más bien en que se sepa, si es buena, la posición que ocupan en la lista de los países que más ayuda ofrecen cuando acontece una catástrofe natural, por ejemplo, en algún país tercermundista –lo estamos viendo estos días tras el devastador terremoto de Haití-. Los reaccionarios medios de comunicación –controlados por ellos- se encargan de difundir hasta la saciedad la hipócrita información con lista incluida. Lo que no informa estos medios –una vez eclipsado el “período solidario” por otras noticias- es que muchos de esos gobiernos nunca acaban entregando la ayuda prometida, puesto que la mayoría de las veces y en el mejor de los casos rebajan la cuantía económica considerablemente.

Además, las “ayudas” del primer mundo casi siempre se ofrecen condicionadas; existen infinidad de ejemplos de estas prácticas tan miserables. En 2003, en tiempos en que el “Führercito” Aznar gobernó en el Estado español y “revolvió” a Europa contra Cuba revolucionaria, en un gesto de dignidad el gobierno cubano renunció a la “ayuda humanitaria” que la Unión Europea y sus gobiernos ofrecía, porque a cambio éstos exigían a Cuba condicionamientos políticos, y “la soberanía de un pueblo no se discute con nadie”. Aquellas “ayudas”, muy mermadas en los años precedentes -en 2002 sólo fueron 0,6 millones de dólares, a pesar de que entre noviembre de 2001 y octubre de 2002 Cuba sufrió la pérdida económica de 2.500 millones de dólares como consecuencia del impacto de tres huracanes-, llegaban –cuando llegaban- más mermadas todavía, ya que la Comisión Europea y los países miembros restaban de la exigua cifra los llamados costos indirectos; entiéndase: pasajes en sus propias líneas aéreas, hospedajes, salarios y lujos a niveles de primer mundo… Gastos que, sin embargo, eran computados como parte de su “generosidad”.

El 26 de Julio de 2003, a través del discurso pronunciado en Santiago de Cuba en el por aquel entonces 50 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada de la citada ciudad y Carlos Manuel de Céspedes de Bayamo, Fidel recordó muy acertadamente que “los pagos de Cuba a los países de la Unión Europea por concepto de importaciones de mercancías en los cinco últimos años alcanzaron 7.500 millones de dólares, un promedio de 1.500 millones anuales. En cambio, esos países sólo adquieren productos de Cuba por un valor promedio, en los últimos cinco años, de 571 millones anuales. ¿Quién realmente está ayudando a quién?”

Buen ejemplo, sin duda, del cinismo que los gobernantes primermundistas rebosan a raudales. Las ayudas-migajas que hoy en día los “verdugos” ofrecen a sus “víctimas” son tan ridículas y miserables que sólo sirven para parchear la deteriorada imagen que los primeros poseen, y, si la tuviesen, diría que quizá también para tranquilizar a sus angustiadas conciencias.

La prensa reaccionaria está vendiendo estos días el liderazgo del gobierno de los Estados Unidos en la “ayuda humanitaria” que numerosos países del mundo están ofreciendo al hermano pueblo haitiano; cómo si no recordáramos su nefasta e inhumana actuación en su propio territorio y para con sus gobernados tras el paso del Katrina, que fueron vilmente abandonados. Además, ¿ayudar con 10.000 soldados? ¿Por qué en vez de individuos armados no envía personal más necesario, como son los constructores y médicos? De Cuba, que lleva más de diez años ejerciendo de manera desinteresada misiones internacionalistas en la patria de Toussaint-Louverture y Dessalines, y que además, tras el terremoto, sus médicos fueron los primeros en asistir a los damnificados, apenas dice nada.

Obama, un agente del gran capital malamente disfrazado de humanista, ha anunciado la creación del Fondo Clinton-Bush para coordinar el envío de las ayudas que hagan corporaciones e individuos. Y para ello, los citados medios han difundido hasta la saciedad una imagen de lo más patética e insultante: Obama compareciendo junto a los dos ex presidentes: Bush y Clinton. Como si no supiéramos que, durante sus mandatos, el primero de ellos fue un genocida y mentiroso extorsionador de los pueblos del Tercer Mundo; y el segundo, con idénticas credenciales, el máximo responsable de la invasión, en septiembre de 1994, con más de 20.000 de sus soldados, de la propia Haití; y no precisamente para entregar caramelos dulces a sus pobladores ni ayuda humanitaria.

Como en otros muchos países del mundo, en la década de los 90 los “ajustes estructurales” impuestos por el FMI –una de las herramientas más dañinas y eficaces del imperio- provocaron resultados calamitosos en la población haitiana; se redujeron, por ejemplo, las tarifas a la importación de alimentos básicos, tales como el arroz, lo que contribuyó de manera absoluta al hundimiento del sector económico más importante del país: la agricultura.

Haití, que consiguió su independencia de Francia en 1804, no ha sido prácticamente dueña de su destino en ningún momento de su historia escrita. Ya en el lejano 1492 fue “descubierta” por Cristóbal Colón, y, en 1697, mediante el Tratado Ryswick, pasó a manos de Francia. Fue en el citado 1804 cuando, tras el largo proceso emancipador protagonizado por François Dominique Toussaint-Louverture, primero, y finalmente por Jean Jacques Dessalines, culminó en la independencia. Pero pronto fue impuesto un cruento bloqueo económico, político y militar contra toda la población, en un intento desesperado de los franceses –junto a la participación de Inglaterra y la connivencia de los Estados Unidos- de reconquistar –con éxito- y restablecer la esclavitud en el territorio haitiano. Los yanquis invadieron Haití por primera vez en 1915, y ejercieron su control absoluto hasta 1934.

Con ayuda militar y financiera de los Estados Unidos se sucedieron varios y sanguinarios dictadores que favorecieron a los intereses del imperio: en 1957 fue elegido François Duvalier –con más de 60.000 asesinados a sus espaldas-; en 1971 le sucedió su hijo…, y unos cuantos más. Curiosamente, en la actualidad, Jean Claude Duvalier vive muy cómodamente en Francia, y, gracias al dinero recibido por parte de los Estados Unidos para poner fin a su dictadura, Raoul Cedras es un destacado y respetado hombre de negocios.

El 25 de febrero de 2004, soldados yanquis en contubernio con el ejército francés secuestraron al presidente Jean-Bertrand Aristide para sacarlo del país –actualmente reside en Suráfrica-. Estados Unidos y Francia dijeron que el presidente legítimo había renunciado al cargo para evitar un derramamiento de sangre, lo que fue desmentido categóricamente por el propio Aristide. En la actualidad, quien preside la miseria generada por tantos siglos de atropellos imperialistas es René Préval.

El corazón de Haití ya latía muy débilmente, pues, antes del terremoto y, obviamente, necesita ayuda urgente y sincera. Pero ¿debemos creer que van a ayudarle sus históricos verdugos a cambio de nada? La cínica y cruel política de los imperios siempre ha sido la misma: primero saquean a los pueblos causándoles enormes heridas, y luego, cuando por éstas se desangran, aplican ridículas tiritas sobre las mismas. Aplicación que, por supuesto, no sirve para detener la hemorragia.

El FMI –brazo monetario del imperio- ya ha anunciado su “ayuda”; dicen que ha ofrecido un crédito, luego no han regalado nada. Este dinero no repercutirá de manera positiva en el bienestar de los haitianos y, sin embargo, servirá para que Haití se endeude un poco más, si cabe, porque lo más probable es que sea destinado a la reconstrucción de ciertas infraestructuras que, cómo no, serán realizadas por empresas yanquis y de otros países imperialistas.

Se mire por donde se mire y al margen de los adversos fenómenos naturales, para erradicar la pobreza sólo existe un camino: La erradicación de la riqueza privada socializándola, o lo que es lo mismo, sustituyendo el sistema capitalista por el socialista. Mientras los actuales ricos del mundo no acepten la evidencia o sean finalmente vencidos –como grandes beneficiarios del actual sistema, difícilmente van a renunciar voluntariamente a sus privilegios-, la pobreza seguirá golpeando contundentemente a la mayor parte de la población mundial que, como se sabe, lejos de ser reducida, sigue en vertiginoso aumento.

Haití en medios de una guerra:




¿Quién iba a pensar hace 15 días que Estados Unidos estaría hoy lanzando una operación militar para invadir Haití?

Esta nueva aventura imperial disparada por el terremoto del pasado 12 de enero, nos tomó por sorpresa a todos -menos a Estados Unidos-.

Y como no podía ser de otra manera, el ejército cultural del sistema (medios de comunicación) pone todos sus esfuerzos en disfrazar de operación humanitaria esta nueva invasión militar y política.

Este es el renovado escenario de una guerra mediática en la que se manejan 3 ejes principales:

  1. La presencia militar de EE.UU. en Haití es para brindar ayuda humanitaria a un pueblo castigado.

  2. En Haití hay caos y por ende deben imponerse el orden y la disciplina.

  3. Los marines son los únicos capaces de hacerlo, ya que, el resto de países nucleados en torno a la misión militar de la ONU (MINUSTAH) no están a la altura de las circunstancias.

Veremos algunos ejemplos que sustentan estos ejes basados en el monitoreo de 2 medios participantes habituales en las campañas mediáticas norteamericanas: CNN y el diario El País de España.

El periódico madrileño titula el lunes 18 a última hora:

"EE UU llega a Haití para imponer el orden". (Ejes 2 y3)

En el subtítulo, el enviado Pablo Ordaz dice: "Las tropas estadounidenses lanzan a su llegada a Puerto Príncipe el mensaje que la misión de la ONU no había logrado transmitir en siete días: Ya estamos aquí. Y os vamos a ayudar". (Eje 3)

El día martes la noticia seguía colgada pero el subtítulo había cambiado, ahora podía leerse que "ante la inoperancia de Naciones Unidas, el pueblo haitiano se encomienda a Estados Unidos para huir del desastre y del hambre". (Eje 3)

Esta visión es desmentida por un sensato enviado de CNN, Kart Penhaul, quien, el martes por la tarde, se atreve a reportar desde Puerto Príncipe lo siguiente:

"Esta llegada de las tropas norteamericanas no ha sido vista con buenos ojos por la totalidad de la población. Hemos hablado con algunas personas en las multitudes haitianos (sic) que dicen por qué están llegando hombres con fusiles cuando lo que necesitamos es comida, agua y medicinas. Esa es una opinión repetida por algunos de los médicos aquí en el hospital quien dicen por qué pudieron traer nueve helicópteros llenos de tropas, más no de medicina vital que necesitan en este momento".

Pero, para ese momento, la sede de CNN en Atlanta manejaba otro discurso, demasiado parecido al oficial del gobierno estadounidense.

Cuando terminó el reporte de Penhaul, intervino la presentadora Glenda Umaña quien justificó la intervención estadounidense: "También se están encargando de la seguridad, sería una de las razones por las cuales tienen que llegar armados. Muchas gracias Kart Penhaul, uno de nuestros enviados especiales". (Eje3)

No es ésta la única evidencia de la imposición de una política informativa tendiente a justificar la intervención militar.

Minutos antes, la misma presentadora, leía uno de los titulares del informativo: "Decenas de infantes de marina estadounidenses llegan con agua y alimentos para ayudar a los haitianos". (Eje 1)

Ante este titular, es de esperar una imagen de algún asistente marine salvador repartiendo insumos entre la castigada población haitiana, pero no, lo que podía observarse era a un soldado armado con un fusil y en posición de combate.

Esa imagen debió titularse: "Decenas de infantes de marina estadounidenses ocupan Haití y se preparan para combatir a las víctimas del terremoto". Algo que se acercaría más a la realidad después de amenazas como las del Comandante de la Costa Guardia de EE.UU, Christopher O'Neill, que advirtió que el objetivo "es interceptar en el alto mar y repatriar" a los haitianos que intenten salir del país.

La siguiente entrega de la cadena fue conducida por Daniel Viotto, durante la misma entrevistó al primer ministro Jean Max Bellerive.

La intención del periodista (y de la cadena) nuevamente era justificar la invasión estadounidense en base al caos reinante. Esta fue la segunda pregunta realizada por el conductor:

"Le preguntaba la cuestión del control en su país, no sólo en lo que se refiere a tareas de asistencia y rescate de personas y comenzar a recuperar al país de esta catástrofe sino lo que hemos visto en estos últimos días, gente saqueando negocios, actos de violencia y vandalismo en las calles, entre medio de los escombros y la presencia de numerosos efectivos militares de Estados Unidos que están llegando en estas horas a Puerto Príncipe, ¿esto puede darnos una idea que Haití necesita fuerzas extranjeras para mantener el orden en el país?". (Ejes 2 y 3)

En la misma línea de justificar el control militar de Puerto Príncipe, el enviado especial de El País, publica el martes por la tarde: "Las tropas de EE UU asumen el control de Haití para garantizar la ayuda humanitaria". (Eje 1)

Otro titular del mismo martes informaba: "EE UU exhibe fortaleza aérea pero la principal ayuda llegará por mar". (Eje 3)

¿Fortaleza aérea? ¿Contra quién combate Washington en Haití?

El pasado 16 de enero Hillary Clinton, acompañada por el Director de la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), Rajiv Shah, llegó a Puerto Príncipe en un avión militar estadounidense para entrevistarse con el presidente Préval. Firmaron algún "acuerdo" y, poco después, la Fuerza Aérea de Estados Unidos comenzó a controlar el tráfico en el aeropuerto internacional de Puerto Príncipe, posteriormente, el Palacio de Gobierno, el Parlamento y otras instalaciones estratégicas de la capital Puerto Príncipe.

Se han desplegado, en esta operación "humanitaria", un total de 10.000 soldados estadounidenses, dos mil de la Unidad Anfibia de la Marina y de la 82 División Aerotransportada, un buque de asalto anfibio USS Bataan (LHD 5), barcos de desembarco USS Fort McHenry (LSD 43) y USS Carter Hall (LSD 50), el portaaviones USS Carl Vinson con buques de apoyo, el buque hospital USNS Comfort, helicópteros de los Guardacostas y otros navíos militares.

Con todo este impresionante despliegue militar, el miércoles 20, lo que se intentó montar fue una maniobra de distracción para que los medios no siguieran hablando de la intervención militar estadounidense.

El agente de la CIA y secretario de Defensa estadounidense Robert Gates, ofreció una conferencia de prensa desde la India para informar de que su país enviará buques adicionales para ayudar en la reconstrucción de Haití.

Es una típica operación de inteligencia orquestada por Gates, reclutado por la CIA a fines de la década del 60. El actual secretario de Defensa trabajó por esa época como analista de inteligencia a tiempo completo. En la década de los 80 fue subdirector de la Central de Inteligencia y a principios de los 90 director. Se trata de un especialista en este tipo de operaciones.

Con esta nueva operación, la noticia deja de ser el despliegue militar y se concentra en la ayuda humanitaria. El Pentágono -que lidera Gates- reforzó esta matriz al informar el mismo miércoles sobre la llegada a costas haitianas del hospital naval Comfort. Así se fortalece el trascendental (Eje 1) con resultados concretos.

CNN abrió su noticiero de la mañana, otra vez, en la línea exacta emanada desde el Pentágono con el presentador Carlos Montero : "Queremos comenzar esta media hora de Haití en una jornada donde se espera en las próximas horas la llegada del hospital naval Comfort, un hospital naval estadounidense para atender a los miles de damnificados".

Estos ejemplos fueron observados en un lapso de apenas 48 horas y son una evidencia más de la falta total de independencia informativa y rigurosidad periodística.

Sobre el papel de las tropas estadounidenses en Haití, el relato periodístico más logrado lo debe haber hecho alguien que no es periodista, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, quien el pasado lunes recorrió las calles de Puerto Príncipe: "… que no salva vidas, que no lleva alimentos, que no levanta los escombros, que no recoge cadáveres, sino que simplemente está ahí para hacer una presencia militar y nuestro temor es que esa presencia militar quiera convertirse en permanente".

Wednesday, January 20, 2010

Derecho y moral:

De Homero Figueroa

La moral y el derecho son cara y cruz de la moneda de la cohesión social. La moral guía los actos desde la conciencia del hombre. El derecho lo hace desde los códigos. Si los hombres fueran siempre justos bastaría el tribunal de sus conciencias; pero como no siempre es así, son necesarios los tribunales de los estados. El derecho se estatuye sobre la base de principios morales. El derecho sin moral es fuerza bruta que se vuelve en contra de la sociedad. No hay leyes moralmente neutras. La sociedad debe escoger aquellas que más se acerquen al ideal humano.

hfigueroa@diariolibre.com

Sunday, January 17, 2010

Lectura, marihuana y correos electrónicos:

Los futuros de libro...

El semanario alemán Die Zeit dedicaba estas pasadas navidades muchas páginas a reflexionar sobre los efectos que el bombardeo digital al que estamos sometidos condiciona nuestras vidas; también a los trastornos que la velocidad y la falta de sosiego tienen sobre nuestras capacidades intelectuales. El reportaje de varias páginas titulado "Alabanza de las musas", recalcaba la función cognitivamente trascendental de la quietud y el sosiego, del solaz y el letargo. Los experimentos de los neurólogos, como los llevados a cabo por Marcus Raichle o Jan Born, demuestran que el modo offline o desconectado del cerebro (cuando duerme pero, también, cuando descansa y deja de estar sometido a las incitaciones digitales o a las premuras de la agenda), es simplemente imprescindible para adquirir una conciencia cabal de nuestra propia identidad, para rumiar nuestros problemas y para aportar soluciones o ideas innovadoras fruto de esa digestión pausada. Lo contrario es también cierto: la exposición desmedida a las provocaciones de las muy diversas fuentes digitales de información y el picoteo fragmentario e indiscriminado de pizcas de contenidos, no generan una experiencia cognitiva satisfactoria. "El bombardeo diario de información", dice Born, "causa en el cerebro un desequilibrio peligroso a no ser que existan pausas que le permitan recuperarse. Esa oportunidad la utiliza para reconstruir y reorganizar su red neuronal construida a bases de células nerviosas, para ordenar y organizar lo aprendido".

En el Instituto de Psiquiatría del King's College de Londres, realizaron no hace demasiado tiempo un experimento que revelaba que fumar cannabis mientras se resolvía una tarea compleja causaba menos dispersión y desatención que intentar atender de manera simultánea a la tarea y a los correos electrónicos que reclamaban la atención del sujeto (y eso que el propio Instituto es prolijo en sus investigaciones sobre los efectos psicóticos graves que puede entrañar el consumo abusivo de la marihuana). Dicho de otro modo: contestar a un correo electrónico mientras se contesta a una llamada telefónica en el fijo y se twittea en el móvil no es sinónimo de eficiencia y versatilidad sino, al contrario, un signo fatal de los tiempos que corren, el hado de la aceleración. Eso es lo que se desarrolla de manera arrolladora el sociólogo alemán Hartmut Rosa en el libro Beschleunigung: die Veränderung der Zeitstrukturen in der Moderne (Velocidad: la transformación de las estructuras temporales en la modernidad), un libro que no traería a colación si no fuera imprescindible.

Rosa recomienda que practiquemos algo así como la estrategia de los "Cantos de sirena digitales": igual que Ulises, para sobrevivir, tuvo que hacer oídos sordos a los magnéticos cantos de las sirenas, nosotros deberíamos atender muy selectivamente a los continuos apremios de los medios digitales. Lo curioso es que lo más parecido al descanso que reclaman los neurólogos y los sociólogos como fuente de renovación celular y de ordenamiento de nuestros pensamientos, es la lectura en silencio, recogida y volcada sobre el texto. Es decir, la lectura tradicional que me centra, no la lectura digital (por llamarla de alguna manera) que me aturde y me descentra. Seguro que más de uno pensará que sigo siendo un logocéntrico irredimible, pero sé que al menos Clifford Nass me secundaría (o yo a él, mejor dicho): en el CHIMe Lab de la Universidad de Standford donde trabaja descubrieron que "es imposible procesar más de una cadena de información al mismo tiempo. El cerebro no puede hacerlo". En el conjunto de pruebas a los que se sometieron a los grupos de control, aquellos que se distinguían por ser multitarea, no fueron capaces de filtrar la información relevante, de retenerla u organizarla mejor y, tampoco, de cambiar de una tarea a otra cuando era requerido. Sus niveles de rendimiento fueron sistemáticamente más bajos que los de aquellos que realizaban una tarea tras otra. Lo más llamativo es la conclusión a la que llegan: "los investigadores están todavía investigando si los chronic media multitaskers nacen ya con una incapacidad innata para concentrarse o tienen dañado su control cognitivo por su expreso deseo de hacer varias cosas al mismo tiempo. Los investigadores están convencidos de que la mente de los multitarea no fuciona tan bien como debiera". En el artículo "Cognitive control in media multitaskers" pueden encontrarse más detalles.

Saturday, January 16, 2010

Terremotos: historia y memoria...

De Frank Moya Pons

Un edificio de Puerto Plata destruido por el terremoto del año 2003.

Durante esta semana hemos leído en algunos periódicos, repitiendo lo que han dicho algunas agencias noticiosas internacionales, que el terremoto que destruyó gran parte de la ciudad de Puerto Príncipe el pasado martes es el peor que ha conocido Haití en los últimos 200 años.

Creo que hay un anacronismo en esta afirmación pues el peor terremoto que ha azotado Haití, según los registros históricos, acaeció el 7 de mayo de 1842. Ese sismo destruyó simultáneamente las ciudades de Cabo Haitiano y Santiago de los Caballeros.

Anteriormente a ese fenómeno hubo otros grandes terremotos en la isla de Santo Domingo. Uno de los más famosos fue el que destruyó las ciudades de la Concepción de la Vega y Santiago de los Caballeros el 2 de diciembre de 1562. En aquella época ambos poblados se encontraban ubicados más al norte de donde se encuentran actualmente.

Santiago se localizaba en el actual sitio de Jacagua, en donde todavía pueden ser observadas sus ruinas de ladrillo. La Vega, por su parte, estaba en el lugar conocido hoy como Pueblo Viejo, casi al pie del llamado Santo Cerro. Ambas ciudades fueron importantes centros mineros a principios del siglo XVI, llegando a tener una considerable población para aquella época.

Ambos poblados perdieron luego la mayoría de sus habitantes cuando las minas de oro se agotaron y luego que la población aborigen desapareció bajo el impacto de las encomiendas. Entonces, ambos centros quedaron casi despoblados con sus escasos habitantes dedicados a la crianza de ganado y a una agricultura de subsistencia.

Con el tiempo, sus casas y edificios se arruinaron quedando sus puertas y ventanas podridas por la humedad y carcomidas por el comején, y sus paredes y techos taladrados por raíces o penetrados por enredaderas.

Cuando el terremoto sacudió el centro de la isla el 2 de diciembre de 1562, casi todas las edificaciones cayeron al suelo quedando incólumes solamente las paredes y columnas más gruesas de las iglesias, así como las torres de la fortaleza y el pozo y aljibe de la Concepción.

A juzgar por sus efectos, este sismo se originó en la falla geológica que pasa justamente debajo de la población de Tamboril y de la sección de Jacagua, en donde estuvo asentada la villa de Santiago originalmente.

Ambos sitios, La Vega y Santiago, quedaron deshabitados pues sus pocas familias se mudaron hacia el sur y se establecieron a orillas de los dos grandes ríos de la zona, el Yaque del Norte y el Camú.

El siguiente gran terremoto que azotó la isla ocurrió en mayo de 1673. Este nuevo temblor de tierra destruyó numerosas casas y edificios en la ciudad de Santo Domingo y mató 24 personas. La mayor parte de la población se salvó de una muerte segura porque la tierra tembló durante el día mientras se encontraba fuera de las casas. Según los testigos, no hubo casa en la ciudad "que no cayese por el suelo o quedase ynabitable".

Casi noventa años más tarde, en 1751, el sur de la isla volvió a ser conmovido por otro sismo que destruyó completamente la antigua ciudad de Compostela de Azua así como importantes edificaciones de la ciudad de Santo Domingo, incluyendo el antiguo convento de San Francisco.

Los habitantes de Compostela de Azua enfrentaron la catástrofe abandonando su destruido pueblo para fundar un nuevo pueblo de Azua en las cercanías del río Jura. Las ruinas abandonadas se llaman desde entonces Pueblo Viejo.

A juzgar por los efectos de estos dos terremotos sus epicentros debieron ubicarse en una falla submarina que transcurre de este a oeste, casi paralela a la costa sur de la isla. Si se ven los mapas sismográficos contemporáneos, esta falla ha sido responsable de la mayoría de los temblores que se han sentido en la costa sur de la República Dominicana.

Hubo temblores fuertes durante la sgunda mitad del siglo XVII y durante el siglo XVIII, pero no tuvieron, que sepamos, la fuerza destructiva del gran terremoto de 1751, hasta 91 años más tarde.

Entonces, como dijimos al principio de este artículo, el 7 de mayo de 1842, a las cinco y media de la tarde, el interior de la isla fue violentamente sacudido por un nuevo sismo que destruyó casi totalmente las ciudades de Santiago de los Caballeros y Cabo Haitiano.

Este terremoto produjo más de 5,000 muertos en Cabo Haitiano y unos 200 en Santiago de los Caballeros. También murió gente en el poblado haitiano de Port de Paix.

En Santiago, el párroco del lugar interpretó la destrucción de la ciudad como un castigo divino e instó a los sobrevivientes a alejarse del lugar sugiriendo que podía repetirse en cualquier momento.

Al dejar sus casas abandonadas, los pobladores de Santiago padecieron entonces numerosos saqueos y pillajes que los obligaron a regresar a sus hogares y forzaron a las autoridades a intervenir militarmente.

De ese terremoto se conserva un folleto publicado poco después de su ocurrencia, y tanto los historiadores haitianos que lo presenciaron, Beaubrun Ardhouin y Thomas Madiou, como el dominicano José Gabriel García, quien creció oyendo a sus testigos, ofrecen detalles de su ocurrencia y sus efectos.

Uno de esos efectos fue la agudización de las contradicciones políticas en la isla, lo que dio lugar al levantamiento militar contra el presidente Jean Pierre Boyer, en septiembre de ese año, y su derrocamiengto en marzo de 1843. Ambos hechos precipitaron la separación de la parte oriental de la isla y la creación de la República Dominicana en febrero de 1844.

La isla ha sufrido numerosos temblores que han dañado edificios y hasta cambiaron el curso de los ríos en tiempos coloniales. En el siglo XIX hubo dos muy fuertes en 1805 y 1897, pero con pocas pérdidas de vida.

Un terremoto que sí cobró vidas aconteció en la costa oriental del país el 4 de agosto de 1946, poco después del medio día. Este sismo originó un maremoto, o tsunami, que entró en la tierra y arrasó las comunidades de Nagua y Matanzas, y varias aldeas de pescadores entre la costa norte y la península de Samaná. Este temblor dañó varias viviendas y edificios en la ciudad de Puerto Plata.

Conozco un sobreviviente de este tsumami, el Lic. Frixo Messina, quien siendo jovencito se encontraba en la finca de su familia en el Limón, Samaná, y logró salvarse del tsunami trepándose a un árbol. Messina recuerda bien y cuenta cómo el mar arrasó todas las tierras llanas del norte de la peninsula.

Desde entonces hasta hace casi seis años, la tierra siguió temblando sin mayores consecuencias en la parte oriental de la isla, pero los temblores que destruyeron edificios y escuelas en Puerto Plata, Santiago y Tamboril en el 2003 nos recuerdan que vivimos en un territorio sísmico.

La trágica experiencia que están viviendo los habitantes de Puerto Príncipe esta semana es, a la vez, un recordatorio y un alerta pues la tierra seguirá temblando por los siglos de los siglos.

Pidamos a Dios que nos proteja y exijamos a los ingenieros que cumplan al pie de la letra con las normas antisísmicas establecidas para que no tengamos que vivir una tragedia similar.

El 7 de mayo de 1842, a las cinco y media de la tarde, el interior de la isla fue violentamente sacudido por un nuevo sismo que destruyó casi totalmente las ciudades de Santiago de los Caballeros y Cabo Haitiano.

Friday, January 15, 2010

La estupidez de mister Robertson:

Annet Cárdenas

pat.jpgMarion Gordon Robertson, más conocido como Pat Robertson, es muy famoso no precisamente por su sapiencia religiosa, a pesar de su gran arraigo entre los cristianos más conservadores de Estados Unidos, aquellos que consideran que los pobres son pobres por la voluntad de Dios o que los negros no merecen un mejor destino que los blancos por el oscuro color de su piel.

Además de ultraconservador, fascista y racista, míster Robertson, parece pecar de estupidez. Su última perla es bien lamentable. En medio de la tragedia por la que atraviesa el pueblo haitiano, este “siervo” del Señor, en lugar de llamar a sus feligreses a hacer donaciones y aportes para ayudar a los damnificados de esa empobrecida nación, intentó explicar la desgracia con la peregrina idea de que Haití está maldecido, porque los haitianos hicieron un pacto con el diablo para conseguir su independencia del imperio francés.

Es decir, que toda la historia de lucha de un país que fue poblado de esclavos traídos de su natal África, colonizado por una potencia europea; una nación cuyos ancestros tuvieron la valentía de aspirar a conquistar su libertad, y de hecho lo lograron, siendo los primeros en el continente latinoamericano en sacudirse del yugo colonialista, ha sido reducida a la simple fábula de un pacto diabólico, gritado a las mil voces por la estupidez de un predicador maledicente.

A ese acuerdo con el Señor de las Tinieblas seguramente se debe toda la corrupción y humillación a que sometieron a su pueblo el dictador François Duvalier, “Papa Doc” y su hijo Jean Claude “Baby Doc”. Por supuesto también esa es la explicación para la expoliación - a manos de sucesivos gobiernos corruptos- de las arcas públicas de Haití, cuyo contenido fue a parar a las bien cuidadas bóvedas de los bancos suizos.

Fue hace apenas siete meses, en agosto del 2009, que el Tribunal Penal Federal (TPF) suizo ordenó la restitución de los fondos del dictador Jean Claude Duvalier (7 millones de francos, unos 4,3 millones de euros, bloqueados desde hace 23 años) al gobierno haitiano, después de un largo proceso iniciado en 1986.

Todavía hoy esa devolución no se ha hecho efectiva, a causa de los interminables recursos presentados por la familia Duvalier, culpable, en gran medida, de los males del pueblo haitiano.

Pero esa historia poco vale ante los ojos de míster Robertson que prefiere achacarle al diablo lo que han hecho los hombres en una nación trabajadora, sin mayores recursos naturales y que ha sido asolada por huracanes y ahora el terremoto más devastador que se ha registrado en la región del Caribe.

haiti.jpg

“Todos para uno y uno para todos”. Algunos principios comunarios...

Peter Linebaugh · · · · ·

10/01/10


La solidaridad humana, tal como se expresa en la consigna "todos para uno y uno para todos" es el fundamento de la gestión de y la participación en los bienes comunes. En la sociedad capitalista, ese principio se consiente en juegos infantiles y en el combate militar. Fuera de eso, y tributos hipócritas al margen, sólo asoma en la lucha contra el capitalismo, o, como observa Rebecca Solnit, en los grandes desastres: incendios, inundaciones, terremotos.

La actividad comunaria se desarrolla a través del trabajo con otros recursos; no hay aquí división entre los "recursos del trabajo" y los "naturales". Al contrario: el trabajo es lo que crea cualquier cosa como recurso, y es merced a los recursos que la colectividad del trabajo sale adelante. Como acción, se entiende mejor como verbo –poner en común— que como substantivo – "recurso en común"—. Tanto la "hipótesis de Gaya" de Lovelock como el ambientalismo de Rachel Carson fueron intentos de restaurar esa perspectiva.

La actividad comunaria es primaria en la vida humana. Los académicos solían hablar de "comunismo primitivo". "Bienes comunes primarios" traduce más claramente la experiencia. Raramente ha existido una sociedad sobre la Tierra que no haya tenido en su núcleo bienes comunes; la mercancía, con su individualismo y privatización, estaba estrictamente confinada en los márgenes de la comunidad en la que unas severas regulaciones castigaban a los violadores.

La actividad comunaria empieza en la familia. La cocina, en donde se encuentran producción y reproducción y en donde se negocian las energías entre sexos y entre generaciones. Las decisiones capitales en punto a compartir tareas, distribuir el producto, crear el deseo y mantener la salud, se toman por lo pronto en ella.

La actividad comunaria es histórica. Las "comunas aldeanas" de la tradición legada por los ingleses, como la commune francesa del pasado revolucionario, son restos procedentes de esa historia, y nos recuerdan que, a pesar de etapas destructivas, partes de ella han sobrevivido, aun si de manera distorsionada, como en los sistemas de bienestar, e incluso antagónica, como en la comunidad residencial vallada y cerrada o en la gran superficie comercial de venta al detalle.

La actividad comunaria ha tenido siempre un significado espiritual que se ha expresado compartiendo comida o bebida, en usos arcaicos derivados de prácticas monásticas o en el reconocimiento del habitus sagrado. La teofanía, la manifestación del principio divino, se colige del mundo físico y de sus criaturas. En la América del Norte –la "isla de la tortuga"— los indígenas mantienen ese principio.

Los bienes comunes son la antítesis del capital. Los comunarios, la cosa no ofrece duda, son pugnaces, pero en las comunas no hay lucha de clases. Desde luego que el capital puede surgir de las comunas, cuando una parte de ellas es secuestrada y usada contra le resto. Eso empieza con relaciones anti-igualitarias entre los que tienen menos y los que tienen más. Los medios de producción se convierten en la vía de destrucción, y la expropiación lleva a la explotación, a la división entre los que tienen más y los que tienen menos. El capital ridiculiza las comunas mediante usos ideológicos de la filosofía, la lógica y la teoría económica, coincidentes en asegurar que los bienes en común son o imposibles o trágicos. Las figuras retóricas de esos argumentos dependen de fantasías de destrucción –el desierto, el bote salvavidas, la cárcel—. Y siempre parten de ese axioma tan expresivo de la apuesta del capital por la eternidad: la a-histórica "naturaleza humana".

Los valores comunarios deben enseñarse, y renovarse, continuamente. Los tribunales antiguos resolvían disputas dimanantes del exceso de uso; el panchayat en la India hacía –y a veces sigue haciéndolo— lo mismo, al modo como se supone que funciona un comité de agravios en una fábrica; el jurado de pares es un vestigio de la actividad de determinar qué es un crimen y quién es el criminal. Volver a poner al "vecino" en su "sitio", como se dice en Detroit, lo mismo que en las asambleas de Oaxaca.

La actividad comunaria ha sido siempre local. Para el mantenimiento de sus normas, depende de la costumbre, de la memoria y de la transmisión oral, más que de la ley, de la policía o de los medios de comunicación. Mucho tienen que ver con eso la independencia de las comunas respecto de los gobiernos y de la autoridad estatal. El "estado centralizado" se construyó a partir de ella. Es, por así decirlo, su "condición preexistente". Por lo tanto, la actividad comunaria no es lo mismo que el comunismo de la URSS.

Los bienes comunes son invisibles hasta que se pierden. El agua, el aire, la tierra, el fuego: las substancias históricas de la subsistencia; la física arcaica sobre la que se construyó la metafísica. Incluso después de que la tierra empezara a ser mercantilizada durante la Edad Media inglesa todavía se escribían cosas como ésta:

Pero comprar agua o viento o alegría o fuego, el cuarto, / Esos cuatro los formó el Padre de los Cielos para esta Tierra en común; / Y son tesoros de la Verdad para ayudar a las gentes de verdad.

Dinstinguimos entre "lo común" y "lo público". Entendemos lo público en contraste con lo privado, y entendemos la solidaridad común en contraste con el egotismo individual. Los bienes comunes han sido siempre un elemento de la producción humana, incluso cuando el capitalismo se adueñó de las reservas o abatió las leyes. El jefe puede hablar de "negocios", pero nada se hace sin respeto. De lo contrario, el resultado es sabotaje y estropicio.

La actividad comunaria es exclusiva en la medida en que exige participación. Hay que entrar en ella. En los altos pastos para el rebaño, como en la luz de la pantalla del computador, la riqueza de conocimiento o el bien real de mano y cerebro precisan el gesto y la actitud del trabajo de consuno. Por eso no hablamos ni de derechos ni de obligaciones como de cosas separadas .

El pensamiento humano no puede florecer sin tangencia con la actividad comunaria. De aquí la Primera Enmienda, que vincula los derechos de expresión, de reunión y de petición. Basta un momento de reflexión para ver la interacción entre esas tres actividades que van del murmullo solitario a la elocuencia poética y a la transformación del mundo, o:

¡Bing! ¡Bing! Encenderse la bombilla de una idea / ¡Buzz! ¡Buzz! Comentarla con vecinos y colegas / ¡Pod! ¡Pod! Decir la verdad al poder.

Peter Linebaugh es profesor de Historia en la Universidad de Toledo. The London Hanged y (con Marcus Rediker) La hidra de la Revolución: la historia oculta del Atlántico revolucionario (trad. castellana: Editorial Crítica, Barcelona, 2005). En Serpientes en el jardín se incluye su ensayo sobre la historia del Día de Mayo. Su último libro es el Manifiesto de la Carta Magna (California Univ. Press, Berkeley, 2009).

Traducción para www.sinpermiso.info: María Julia Bertomeu