Friday, July 24, 2009

La palabra, sin acción, muere.-


Los discursos lo aguantan todo. La palabra, esa poderosa herramienta, sirve tanto para crear como para destruir. A veces lo que se rompe con un pronunciamiento falso es la confianza del otro, la credibilidad ganada con años de esfuerzo. En otras ocasiones la falsedad no hace más que aumentar la desidia colectiva.

El problema con la palabra es que tiene sus limitaciones. El amante inspirado puede arrojar versos múltiples y rebosar de promesas, pero las caricias y los olvidos hablan más fuerte. La persona que más pía se dice puede de un ramplimazo de desprecio anular las horas-rodilla puestas delante del mundo domingo tras domingo. El empresario de más sólida reputación puede verla desgranada ante la evidencia de la evasión de impuestos, y el más moralista puede borrar con cloro las huellas de un pintalabios pero no las heridas de una infidelidad.

Lo mismo pasa con los gobiernos. Y con los partidos. Ya nadie se traga el cuento de las campañas mediáticas ni el de las acusaciones malintencionadas cuando los papeles y las acciones hablan tan fuerte que ensordecen. Nadie se cree que el progreso nos ilumina cuando los mosquitos zumban su melodía entre apagones.

Difícilmente podamos creer que la ética se impone cuando la corrupción se reza como el rosario de cada día. Nadie cree en lealtades políticas cuando los que un día son hermanos al siguiente afilan cuchillos embarrados de prebendas. Nadie cree en comisiones de ética que ni siquiera entrevistan a condenados por violaciones a la Constitución.

Y tan ocupados están viéndose el ombligo y planeando sus próximas estrategias de perpetuación en el poder, que no se dan cuenta de que la gente ya no los escucha. Los oye como un ruido de fondo mientras busca alternativas para sobrevivirlos.

No están tan lejos países en que los sistemas basados en la fuerza de partidos políticos se han ido a pique. Pero no hay más sordo que aquel que se mira al espejo y se ve hermoso de logros y éxitos y colma sus tímpanos de sirenas que atropellan a quien cruza en verde cuando ellos quieren pasar en rojo. Ojalá se acuerden que la palabra sin acción se muere. Y que el verbo, si no se hubiera hecho carne, hace rato habría pasado a la historia.

Publicado por María Isabel Soldevila el domingo, julio 19, 2009